lunes, 5 de marzo de 2012

Trabajar en la cárcel departamental de Paysandú

Eje temático No 4

EL LICEO EN LA CÁRCEL, UNA EXPERIENCIA DE ENSEÑAJE

Sí, juro

Profa. Liliám Silvera – Liceo No 1 “Quím. Farm. Élida Heinzen”

Profesora de Literatura y Lenguas extranjeras

Operadora en Psicología Social

liliamsilvera@gmail.com

Tel. 472 29128 – cel. 095188916

Palabras claves: cárcel – educación - herramientas

Este trabajo propone una mirada sobre la experiencia bastante reciente, especialmente en el Interior del país, del liceo en la cárcel.

La enseñanza en un contexto de encierro es un verdadero cruce de caminos, ya que más que ningún otro lugar social, la cárcel es algo especial. Como en toda actividad humana, se cruzan aquí lo vocacional, lo ideológico, los prejuicios, el rol de los medios, los temores y las utopías. Según Foucault “se crean las prisiones como sistema de represión “que deberían convertir al criminal en alguien respetuoso de la ley”[1]. La experiencia demostró largamente que, lejos de ello, las cárceles de todo el mundo pueden resultar eficaces escuelas del delito. Obviamente nuestro país no escapa a la regla y a pesar de lo que reza el artículo 26 de la Constitución de la República, que establece que “en ningún caso se permitirá que las cárceles sirvan para mortificar y sí sólo para asegurar a los procesados y penados, persiguiendo su reeducación”[2], los establecimientos ven volver una y otra vez a mucha gente que ya ha pasado por allí y recibe nuevos internos cada día. La mentada reinserción social, la experiencia ejemplarizante de una primera encarcelación, no son tan evidentes y en este punto la responsabilidad va mucho más allá de la persona que cometió el delito, ya que podemos preguntarnos: ¿Qué herramientas se le brindaron a quien estuvo preso para que al salir pueda enderezar sus pasos? ¿Qué oportunidades le brindó la sociedad cuando salió de esa primera experiencia de encierro? Aquí es cuando interviene la educación y ese es el costado del tema que pretendemos abordar, a partir de una experiencia que desde 2009 llevamos adelante como profesores de Enseñanza Secundaria en la Cárcel Departamental de Paysandú.

La cárcel es un lugar de depósito social en el que se hace evidente la teoría de las tres D, del Dr. Enrique Pichon-Rivière (los depositarios, lo depositado y los depositantes), un lugar necesario donde el inconsciente colectivo coloca lo malo y a los “malos”, aquellos que nos dañan, nos amenazan, a quienes les tememos, aquellos que pueblan hasta el hartazgo la crónica roja y que responden, en su gran mayoría, al estereotipo del “plancha”. Los mismos a quienes los docentes denominamos “nuestros alumnos”, ya que la primera, enorme diferencia entre una cárcel en la que no haya escuela o liceo y aquellas que los tienen, es el nuevo status que adquieren los internos que salen de los pabellones para asistir a las aulas. Allí comienza un camino nuevo, poblado de desafíos para las tres partes más directamente involucradas: presos, personal policial y personal docente.

Trasponer las rejas, oír que detrás de nosotros se cierran puertas y candados, puede haber sido para algunos docentes la primera prueba a sortear. Sin embargo, la más dura para todos es desandar ese camino el último día de la semana, salir a la calle dejando atrás personas que para nosotros tienen nombres, gestos, miradas que interrogan, manos y sonrisas que nos reciben cada día, con un “¡Buen día, profe! ¿Cómo anda?” Y nos despiden con un “Hasta el lunes, ¡cuidesé!”. El trabajo de aula es siempre un trabajo humano, pero cuando ese humano está entre rejas, adquiere dimensiones impensadas. El inconsciente colectivo, ese que construimos entre todos, queda al descubierto cuando nos preguntan si damos las clases con guardias en el aula o si los alumnos están esposados. Es que los constructores de subjetividad, entre los que se encuentran los medios masivos, indican que al criminal, al ladrón, al fuera de la ley, hay que castigarlo duro y muchas veces, para que aprenda. La necesidad de justicia se transforma a veces en ciegos deseos de venganza indiscriminados. Sin embargo, quienes delinquen son producto de una sociedad que en una enorme cantidad de casos no se ocupó nunca de esos seres que, como sombras, pueblan la fantasía y los pabellones carcelarios. Sólo al trabajar en la cárcel he comprendido qué es la marginalidad: nuestros alumnos provienen de un sector social que no está al margen, al costado, como el margen en una hoja, sino justo en la zona que hay después del margen, en una no zona. Por lo tanto, en su caso, no se trata de reinsertar, sino de insertar, ya que nunca fueron parte de. Mis alumnos, los que el año pasado hicieron una experiencia de radioteatro que les valió la única mención del concurso “La voz de Sánchez”, organizado por el SODRE, nunca fueron al cine, no pisaron nunca una sala de teatro, no rigió para ellos el artículo 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Nunca tuvieron la oportunidad de asistir a un vernissage, de emocionarse frente a un coro o de hacer pogo durante la actuación de una banda de rock. Es que esas cosas no son de su mundo o ellos no son de este, nuestro mundo. Algunos pensarán: pero los teatros están ahí, hay espectáculos gratuitos, hay escenarios al aire libre, etc., etc. Sin duda, todo esto existe, pero si no me han enseñado, si no me han hecho sentir míos esos lugares, me quedaré afuera merodeando, miraré desde lejos y me mirarán con resquemor porque me quedo afuera, porque llevo gorra, porque como no tengo palabras para responder si me preguntan, huyo y como salgo corriendo me persiguen, me señalan y yo no vuelvo a acercarme y además, algo en mi pecho empieza a anudarse… La realidad es muy compleja y aprender en el Uruguay de hoy implica comenzar por reconocer que en un país tan pequeño, tan laico, con una enseñanza tan gratuita y tan obligatoria, hay centenares de niños y adolescentes que se quedan a la intemperie. Y el paraguas bajo el que deben cobijarse es la educación, esa a la que todos tenemos derecho. La sociedad tiene en nosotros, los docentes, los instrumentos para comenzar a construir otra realidad. La premisa de la que debemos partir entonces es que la sociedad uruguaya está formada por todos y todas, independientemente del barrio donde hayamos nacido o del barrio en que vivamos. Nuestro lenguaje nos denuncia: escuela de contexto, barrios marginales, cinturones de la ciudad. Todo esto parece estar fuera “de” y desde esa concepción ahondamos las diferencias. Los “mundos” se vuelven irreconciliables.

Los docentes que trabajamos en cárcel llevamos hacia el interior de las mismas lo que somos, la realidad familiar, cultural, social, que nos ha amasado y que ayudamos a amasar cada día y al salir, traemos de ese adentro una realidad que nos va transformando y que también ayudamos a transformar. Llevamos nuestro saber académico, nuestro compromiso, nuestra vocación y entre lo que aportamos docentes y alumnos construimos una tercera cosa. Ese constructo es muy importante, es algo nuevo a lo que estamos dando vida, es ese proceso de enseñanza-aprendizaje que el Dr. Enrique Pichon-Riviere denominó “enseñaje” y que implica enseñar-aprender para todas las partes involucradas. Enseñar y aprender transitando un vínculo que se irá tejiendo en el día a día y que es fundamental, porque “se relaciona posteriormente con la noción de rol, de status y de comunicación”.[3]

¿Y cómo es aprender en un aula de Secundaria en una cárcel uruguaya? Es pertenecer a los denominados PEE, Programas Especiales, Plan 93, que son los que se adaptan mejor a las circunstancias que vive un alumno en contexto de encierro. Los internos son informados por la Policía de la posibilidad de estudiar y quienes deciden asistir a clase se inscriben, en lo que es un largo proceso que llevará mucho tiempo para ser regularizado, ya que en la mayoría de los casos no recuerdan o lo hacen vagamente en qué año interrumpieron su escolarización. Este engorroso aspecto administrativo es muy importante porque de que sea bien hecho depende un aspecto esencial de este Programa: el interno, convertido en alumno, no sólo adquirirá conocimientos, se socializará, hará, en muchos casos su primera experiencia de grupo, internalizará y practicará valores como la solidaridad, descubrirá palabras y mundos, sino que todo esto le reportará también una reducción en el tiempo de reclusión en la medida en que asista a clase, se presente a exámenes y los apruebe. Estos alumnos rinden exámenes en todas las asignaturas y lo hacen en carácter de libres, de manera que el docente es, en esta modalidad, y más que nunca, un tutor en la más amplia acepción del término.

¿Cómo es un día de clase en la Cárcel de Paysandú? Los docentes comenzamos las clases en el entorno de las nueve de la mañana, luego de firmar nuestra entrada en la Guardia de la puerta, donde dejamos cédula y celular. Pasamos por la oficina, donde el agente encargado de Educación y un interno trabajan codo a codo en la parte administrativa. El interno, también nuestro alumno, nos entrega la lista, ingresamos y la entregamos al llavero de turno que toca el timbre, grita “liceo”, palabra que en ese entorno suena musical a nuestros oídos y a los de quienes nos esperan siempre con ganas; nos abre el salón y saca de los pabellones a los alumnos. Van llegando, siempre desabrigados y siempre limpios, con sus útiles si no ha habido requisa en la noche anterior, situación en la que suelen perder sus pertenencias, nos saludan con un beso y entre mate y mate comienza la clase. Pizarrón de tiza en el salón que nos fue asignado en 2009, pizarra en la sala de Informática que nos fue también asignada este año. La puerta del salón permanece sin llave pero entornada para aislarnos en lo posible de los ruidos eternos, invasores, agresivos en ocasiones, del entorno. Y allí transcurren horas inolvidables de enseñaje. Los alumnos preguntan, se involucran, escriben, escriben mucho. Les gusta copiar del pizarrón. Trabajamos con mapas, con libros, con microscopio, con la computadora, con pinceles, con las manos, con la mente, con el corazón. Y construimos un microcosmos fuera del tiempo y, cuando podemos, del espacio. El docente de Programas para alumnos en contextos de encierro sabe que debe priorizar contenidos significativos, que debe trabajar en proyectos, que debe coordinar y que debe ayudar a que sus alumnos construyan la confianza en sí mismos suficiente para enfrentar un tribunal y superar el desafío. Este docente debe “hacerse presente en forma constructiva en la realidad del educando”[4], según las palabras de Gomes Da Costa, autor de la Pedagogía de la Presencia y esto “no es, como muchos prefieren pensar, un don, una característica personal intransferible e incomunicable. Por el contrario, esta es una aptitud posible de ser aprendida, mientras exista, por parte de quien se propone aprender, la disposición interna (apertura, sensibilidad, compromiso) para ello”[5], conceptualiza el autor citado.

Apenas dos anécdotas para respaldar con hechos nuestros dichos: el pasado año lectivo, luego de las vacaciones de julio llego clase y los alumnos me reciben con las bases de un llamado del SODRE para celebrar el centenario del nacimiento de Florencio Sánchez. Se trataba de crear un radioteatro y las bases eran muy exigentes; quedaban trece días de plazo pero ellos, que no tenían idea de lo que implicaba, para empezar era un llamado que, evidentemente iba dirigido a actores, a gente de teatro, estaban muy entusiasmados. Yo no podía decir que no, por lo que, en ese mismo momento cambié la planificación del día y comenzamos a trabajar. El resultado fue increíble: leímos, creamos, escribimos, ensayamos, corrimos, sufrimos, disfrutamos e hicimos cosas impensadas e impensables. El Profesor de Música bajó un Programa y aprendió a manejarlo en una noche, gente que estaba cursando primero después de años de no tocar un libro leyó en voz alta y con entonación, para dar vida a través de la voz a los personajes de Sánchez, grabamos siete personas en una habitación hecha para dos, enviamos el sobre a las 23:45 del día en que vencía el plazo y algo más de un mes después un móvil policial desembarcó en la Sala “Nelly Goitiño” del SODRE en Montevideo a dos de nuestros alumnos que, autorizados por los jueces de las respectivas causas, acudían en representación del grupo involucrado a recibir los premios y las alentadoras palabras de un jerarca del Ministerio del Interior, quien les recordó que, en su condición de reclusos, no habían perdido su derecho a la cultura.

La segunda experiencia: el mismo grupo presentó en la Feria de Clubes de Ciencia una investigación sobre el uso de la cáscara de maní, para construir una fibra susceptible de ser utilizada para la confección de muebles. Ganadores en su categoría, participarían luego en la Feria Nacional en Atlántida. Sin embargo, todos, ellos y nosotros, acordamos que el premio mayor fue ser tratados “como un estudiante más” y ese tratamiento les fue acordado por adolescentes con muy pocos años menos que ellos, que en distintas instancias que han podido compartir, han demostrado que otro mundo es posible.

Este año, una experiencia fuerte, comprometida y muy cuestionada: los alumnos de la Cárcel juraron la Bandera. Primer acto cívico en la Cárcel de Paysandú, para el cual una profesora consiguió prestados los pabellones, precisamente en esta Casa de estudios, que no en vano forma docentes. Reclusos que son buenos estudiantes llevaron los pabellones y se refirieron al significado del Acto. Había autoridades policiales y la Directora del Liceo Departamental, responsable administrativamente por estos alumnos, tomó el Juramento y acompañados por sus familiares y por sus docentes, pronunciaron un sí juro que para esta profesora de larga trayectoria sonó a compromiso con la historia, sin hipérbole, con humildad, trabajo y confianza en la capacidad de resiliencia del ser humano, ya que “el sujeto es una estructura en movimiento.”[6] Sin embargo, la tarea es de todos: trabajamos para ayudar a estos alumnos a reencontrarse con lo mejor de cada uno. Cuando salgan de la cárcel, la sociedad debe recibirlos, debe tener para ellos un lugar digno, debe permitirles volver a empezar sin hacerles pesar como un estigma el pasado error por el cual hoy cumplen una condena. Cuando la deuda quede saldada, merecen esa oportunidad en forma personal, como nuestra sociedad merece tener la oportunidad de ser más sana, más equilibrada, poniendo cada cosa en su sitio, sin depositar los males del mundo en quienes se han equivocado, como si el errar no fuera humano.

El proceso de aprendizaje es una espiral que no se detiene; todos, cada día, estamos aprendiendo. Démonos, como sociedad, la oportunidad de sanar de algunos males, ayudando a aquellos que inician en la cárcel este proceso de aprendizajes nuevos y que necesitan de nosotros para que esa espiral no se detenga.



[1] Foucault, Michel 1976, conferencia dictada en la Universidad de Filosofía de Brasil

[2] Constitución de la República Oriental del Uruguay

[3] Pichon-Rivière, Enrique 2003. “Teoría del vínculo”. Nueva Visión. Buenos Aires

[4] Gomes Da Costa, Antonio Carlos 1985. “Pedagogía de la presencia”. Editorial Losada. Buenos Aires

[5] Op. Cit.

[6] Pichon-Rivière, op. cit.